Rematerialización temporal

 

[Por Ollin Cipactli]


Hace casi dos meses que el tiempo no existe.

Quizá lo hace de una forma distinta,

no lo sé.

Quiero pensar eso,

porque el segundero de mi reloj

sigue avanzando,

con un andar aletargado,

languideciente,

pero perceptible.


Por lo menos

las manecillas doradas de los relojes

aún tienen algo en qué ocuparse,

sin importar cuán entorpecida y letárgica

sea su tarea.

Distinta es la labor de agendas y calendarios,

cientos de páginas inertes

y exangües de la tinta

que imbuía sus renglones.


Es por ello que creo que

el tiempo ha dejado de existir.

Después de todo,

¿qué son los días,

las reuniones pospuestas indefinidamente,

la taza de café que se enfría en la eternidad,

la incertidumbre suspendida sobre nosotros

y sobre las agendas y sobre las manecillas de los relojes,

si nadie se toma la molestia

de registrarlos al margen de su diario,

si no hay una crónica

—periodística, poética o personal—

que esté dispuesta a retratar,

sílaba a sílaba,

con cada serena inhalación,

con cada efusiva exhalación

los sucesos de un día

que es hoy

y solamente hoy,

porque mañana los acontecimientos

serán distintos,


singulares,


excelsos?


El tiempo ha dejado de existir

y en el hueco espacio de su partida

ha quedado una perennidad

que se extiende


y se extiende


y se extiende


en incontables noches


con sus renqueantes días.


Sólo eso.

Hoy es igual que ayer

y mañana será igual que hoy

y la endeble semana de quimeras

se habrá convertido en un mes

de amontonados minutos sin usar.

Ya no tiene sentido dividir la sempiternidad

en segmentos de 24, de 36, de 48 horas.

Hoy los días y las noches

—los días de Marte

las noches de Júpiter,

los días de Mercurio,

las noches de Venus—

son sólo una lejana hemerodisonancia

de lo que antes eran

y de lo que esperamos

—¿esperamos?—

que vuelva a ser

cuando el tiempo se rematerialice.

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