El despertar de la Chula


[Por Esmeralda López / Ilustrado por Carolina Rivera]




Y… así… despierta La Chula.

Llena de temores e incertidumbres, primero sin darse cuenta, se hace consciente de su cuerpo. ¡Se siente ajeno! Como el que no ha tocado en años…

Sin embargo, apenas ayer, fue el último día en que lo hizo suyo.  Luego, posa su mirada en el suelo. Sigue siendo de madera vieja, maltratada, bella.  Le gusta más que el cuerpo que no conoce. Ahora se da vuelta y observa el techo. ¡¿Qué ha pasado con su cielo?! Se nota triste, sin rostros amigables con los cuales juguetear y hacerse historias.

 

Le falta algo… 


La Chula aún no sabe qué. Entonces, regresa a su cuerpo. Hay cicatrices, las observa pretendiendo no saber de dónde vienen. Se ríe por dentro, se mofa de aquellos que dicen que éstas no duelen. ¡A claro que duelen! Duelen del recuerdo, de lo acontecido, lo rememorado… 



Vaya pensamientos los de La Chula. Todavía no comienza el día y ya se ha atacado. ¿Pero qué le pasa? De nueva cuenta sus ojos buscan en donde plantarse. Esta vez están en las manos de alguien quien dice no ser.


Le parecen feas, arrugadas, tristes de una anciana. Asustada regresa la mirada a su entorno. De reojo la encuentran sus vellos, venas y lunares de un solo vistazo ¡¿Pero ¡¿quién me hace esto?! Ella no se responde, lo hace alguien más, como es costumbre. TÚ CHULA.


Se siente el vientre y los senos, como si una parte de ese cuerpo que tanto niega fuera a responderle.  Haciendo los oídos sordos al último comentario le entra el frío, se pone de pie. Camina hacia la ventana, la cierra, huyendo del aire helado mañanero. Regresa a la cama se envuelve entre cobijas renunciando al día y siguiéndole a los sueños. 








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