Revindicar el encuentro, el desencuentro, el diálogo y el cuidado en los feminismos.

[Por Alétheia González ]




Una querida amiga dice que no le debemos postura política clara al debate interno en los feminismos y en las posturas de la disidencia sexual, y estoy de acuerdo.

Antes, la Ale de 27 años sin duda hubiera tomado postura, señalando que la tibieza es violencia. Pero por ahora creo que estoy más al pendiente de las violencias cotidianas que día a día atravesamos las mujeres, anímicamente, en la materialidad, en nuestro espíritu. Empatizando con el dolor de miles de cuerpos que, como nosotras apelamos a un hogar y una corporalidad propia despojada por todos los dispositivos de poder que dictan cómo debemos ser o que cuerpos valen la pena que existan y cuáles no. Estoy cansada de los discursos sin sentido en las redes sociales e incluso en la academia. No las entiendo, son nociones huecas que no tienen vida, que no evocan, que no se funden con la experiencia sentida de nosotras las mujeres.

Nos atacamos, cancelamos, señalamos quién es más feminista, quién es más inclusiva, quién es la más coherente en su discurso político o saber académico; la cosa, como dice mi querida amiga Aitza, es que replicamos estructuras de dominación discursiva. También apelo a lo que diario mi hermana, desde su infinita sabiduría, dice: al hombre violento, al estado o el trabajo explotador no le importa cuál es tu postura política, si le vas al feminismo de la igualdad o te interpela el transfeminismo, la cosa es que te va a matar, directa o de forma lenta, con el despojo, con los miles de horas de trabajo, con los mandatos, con la falta de comida, con la obligación de buscar un mejor lugar para ti y los tuyos. La cosa es que nos olvidamos de cuidarnos, palabra de moda, pero que me parece potente, por todo lo que nos puede significar en la práctica. La cosa es que nos dejamos de cuidar y de cuidarnos, de sostenernos, de escucharnos, de abrazarnos, de argumentar, de conectar y de sanar como acto fundamental de política feminista y de emancipación.

Escribo y me doy cuenta de la falta de cuidado que tengo de mi espíritu, que no quiero competir, que me rehúso a inclinarme a favor de tal o cual política si antes no te miro a los ojos, me cuentas tu historia, te cuento mi historia y señalamos nuestras diferencias y también nuestras similitudes. No necesitamos ser amigas, me queda claro, pero es fundamental que hablemos en primera persona, y que busquemos diálogos, encuentros y conversaciones hilvanadas desde los cuidados y que los aterrizamos a la práctica, a lo que hacemos para sostener a la otra o a otros cuerpos, a las que nos aferramos a la esperanza, a buscar formas alternas de vida que no replique estas lógicas de dominación y violencia. A lo mejor soy muy idealista, lo soy, pero no soy la única.

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